martes, 8 de mayo de 2012

Se llamaba Luis hasta el Sábado o quizás el Viernes

Con cuatro años Luis no movía las extremidades, no hablaba, lo daban por muerto.

Su madre no sabía ni quería saber de enfermedades y consideró que ya era una molestia insalvable y mi vecina de abajo, la que me alquila la vivienda, lo recogió y haciéndose cargo de él.
Con el paso de los años Luis empezó a caminar, a hablar y a trabajar duramente en el campo con su padre adoptivo o con algún patrón que le contratara por unos días o semanas. Eso se sabe solo mirando las manos de Luis, grandes y marcadas.

El Sábado, quizás el Viernes, Luis tenía ya 24 años. Ya se hacía entender bastante bien y tenía una vida como la de sus padres adoptivos.
Sus aficiones, el televisor a todo volumen y la música. Algún Sábado por la noche le gustaba ir a un pequeño bar, donde tomaba unas cuantas cervezas, después de otras tantas. Algo normal, algo bien recibido.

Mi vecina me cuenta que Luis siempre le cogía de la mano cariñosamente, que la quería mucho y que rezaba con ella a diario.
Este Sábado pasado, quizás el Viernes lo mataron.

Encontraron su cuerpo en medio del campo, entre esas cañas de azúcar que tantas cicatrices le habían dejado en sus manos y brazos. Estas son sus últimas heridas, fueron un total de no menos  10 machetazos.
No pudieron velarlo, no pudieron verlo, las condiciones no lo aconsejaban.

El negocio de la muerte apareció para sus padres adoptivos, pobres, trabajadores, sencillos. Más 800.000 pesos cuesta enterrar a un hijo que han cuidado y que ni si quiera han podido despedirse de él.
El Martes pasado Luis, me enseñaba su última herida en la muñeca. No podía ir a trabajar y se sentía mal porque había quedado con un patrón por tres semanas de duro trabajo cortando cañas de azúcar.

Su madre adoptiva quería llamar a sus familiares, pero no podía hacerlo, no tenía dinero para llamar.
Su madre adoptiva explica que Dios, no le dio la oportunidad de poder tener hijos propios.

Luis está enterrado desde esta mañana en su nicho de más de 800.000 pesos, con su nombre escrito a mano sobre una sencilla placa de cemento.

Se cuenta en el pueblo, que el padre adoptivo anda sin descanso por todas partes. Día y noche. Preguntando y buscando al asesino.
Asesino que tiene nombre y apellido, pero que seguramente ya no encontrará nunca.

¿el motivo? Siempre buscamos las razones. Para dar a Luis 10 machetazos o más, no existen los motivos.  
Está historia acabará donde acaban todas las historias de los pobres, en dolor íntimo, en dolor inhumano, en dolor injusto.

Luis solo tenía un sueño, trabajar duro en España, sin importarle las condiciones, decía que aquí, “ya no tenía nada que hacer”.
Desde aquí,  envío a Luis lo único que le puedo enviar, mis pensamientos y el poco dolor que puedo tener en comparación con el de sus padres adoptivos.

Una vida injusta desde que naces hasta que mueres.. ¿ qué más puedo decir?.
Solo que allá donde estés tengas tu recompensa de esta vida pasada.

Te deseo lo mejor, te lo mereces.

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